6 meses y 20 días.
Así recibimos la noticia,
de golpe y porrazo, a 5 días de dar a luz, con la defensa del Trabajo
de Final de Máster a la vuelta de la esquina y la boda de mi hermana en
un mes. ¿Ahora? ¿Precisamente ahora que los niños están fenomenal y que
había empezado a cogerle el gusto a este sitio? ¿NO HABÍA MOMENTO
MEJOR? Cuántas veces me hice esa pregunta hace unos meses, cuánta
incomprensión, lágrimas y estrés. Todavía, casi medio año después de
nuestra vuelta, me cuesta de asimilar y me duele nuestro atropellado
retorno: no haber podido ni visitar la ciudad donde mi marido creció,
que mis hijos hayan tenido que dejar a sus amigos de los que tanto
estaban disfrutando este último tiempo, ahora que ya estaban volando con
el idioma y que empezábamos a recoger los primeros frutos del huerto de
mi mediano... ¡Quién me iba a decir a mí que no me querría ir de Japón!
En realidad me alegra descubrir que, a pesar de las dificultades, he
aprendido a amar a aquel extraño y lejano lugar y que no cambio por nada
todo lo vivido allí.
Y,
como el objetivo principal de este blog no es otro que el de ser mi diario
personal para no olvidar nuestras vivencias y experiencias en el Imperio
del Sol Naciente, no podía echar el cerrojo sin documentar cómo llegó
al mundo nuestra pequeña garbancita japonesa. Así que, allá voy:
La
historia, como podéis releer en el apartado "Embarazo", se quedó en que
el 7 de junio, ante una puntual bajada de pulsaciones de la nena,
decidieron citarme para tres días después. Allí nos plantamos el día 10,
tan tranquilos, sabiendo que todo iba a ir bien porque simplemente es
que los nipones son muy cuadriculaos y se alarman con cualquier cosa
que se salga de su esquema. Pero resulta que, tras nosenicuánto
rato con los monitores puestos, va y me da un jamacuco. Ay, Dios mío.
Mareazo al canto, sudor frío, vista en blanco... Informo a mi señor
esposo de que esto tiene toda la pinta de que me va a dar un síncope de
un momento a otro, a lo que él me contesta que no pasa res, que como
estoy tumbada, aunque me desmaye, no me caigo. ¡Pero es que me encuentro
fatal-fatal-fatal! Que nada, que no me preocupe, que estoy en un
hospital y no hay lugar mejor para estar cuando uno se encuentra mal. No
doy crédito. Para que comprenda la intensidad de mi malestar, le hago
saber, desdiciéndome de opiniones previas que, en caso de que me
muera, le dejo casarse con otra. Entre risas me dice que no me agobie,
que no me voy a morir y, aunque es un hombre sincero donde los haya,
confieso que me costaba creerle. Cuando ya toda la sangre vuelve a
circular correctamente por mi cuerpo, intentando no parecer una
resabidilla en plan: "Mi indisposición ha estado provocada por la
compresión de la vena cava, al haber permanecido de forma prolongada en
decúbito supino", por medio de mi traductor marital le digo al
doctor simplemente que, según lo que me habían explicado en otras
ocasiones, probablemente toda la fiesta que acabo de vivir es
consecuencia de haber estado tumbada boca arriba. El hombre flipa. Dice
que lo normal es que las mujeres se alarmen y que ahí estoy yo,
justificando lo contrario. Según él, podía ser al revés, que le pasara
algo a la peque y por eso me haya dado el yuyu, así que su consejo es
que me quede ingresada para mantenerme monitorizada. A 10 días de la
fecha probable de parto y siendo que jamás había dado a luz antes de
salir de cuentas, el plan me descuadra completamente. Ilusa de mí le
digo: "Entonces me quedo esta noche y, si todo va bien, mañana a casa,
¿verdad?" Pues no, me quieren tener vigilada por si hay que hacer una
cesárea de urgencia y, en caso de que todo esté correcto, me lo inducen
al día siguiente, por prevención... muy japo todo. Después de analítica,
electrocardiograma y otros "por si acasos", un segundo mareíto me
convence de que lo mejor es quedarme.
Como
ya comenté, a mi esposo no le dejan hacer noche en el hotelito y
además, por falta de camas libres, me iban a poner en habitación de 4,
por si no tenía agobio suficiente. Al final, el médico propone que me
lleven a un paritorio libre y, oye, ni tan mal:
Zona con tatami, tele, microondas y hasta un furo completito. Yo que siempre había deseado poder dar a luz en una habitación con ducha y,
ahora que tengo hasta bañera, sé a ciencia cierta que no lo voy a usar.
Jopé. Y ahí me quedo, a las 4 de la tarde, más sola que la una, con el
móvil al 35% de batería, rezando para que todo trabajador que entre
hable inglés o se exprese muy bien por señas. Pero no os penséis que no
tenía nada que hacer ¡qué va! Resulta que en mi planning de ese día, en
lugar de una estupenda estancia en hospital, yo tenía previsto defender
mi TFM, por lo que, después de poder ver a mis hijos un ratito y que mi
marido me trajera el portátil (y cargador😅) mantuve mi mente ocupada
organizando una exposición que, de forma inesperada, había pasado de ser
prioritaria a convertirse en algo completamente intrascendente. Y así
de surrealista todo: con el wifi del móvil, desde el otro lado del mundo
y en bata de hospital, hice la defensa de Trabajo de Final de Máster. Fue una experiencia preciosa, no lo voy a negar, y de esos momentos en
los que eres consciente al 100% de lo que es realmente valioso en la
vida, por encima de trabajo, títulos universitarios y reconocimientos.
Vamos, que me daban absolutísimamente igual mis pintas, la vergüenza,
aprobar que suspender, porque lo único que deseaba era tener en brazos a
mi princesita oriental.
Entre
el Google Traslator, mímica y el comodín de la llamada, salvamos
decentemente la barrera comunicativa de la tarde-noche. A pesar de que
los nervios y la incómoda camilla no me lo pusieron fácil, conseguí
descansar y, al despertarme a las 7 de la mañana para empezar con la
oxitocina, estaba bastante animada. Cuando se abrió la puerta y apareció
una sonriente matrona al son de "¡Buenos días!" en perfecto castellano
no me lo podía creer. ¿Cómooooo? ¡¿¿Hablas español??! Pero la ilusión se
desvaneció rápido, eso era prácticamente lo único que sabía en mi
lengua esta increíble profesional, nuera de un alicantino, que fue un
ángel para nosotras. La decepción no duró mucho, al comprobar que
hablaba un correctísimo inglés y que, a pesar de tener ya el gotero ¡me dejó desayunar!
EN LOS TRES SITIOS
LAS DOS
LAS DOS
CADA VEZ
A
partir de las 9am dejaron pasar a mi marido, lo cual fue un descanso
enorme. Ya con la oxitocina a tope, no coló lo de dejarme comer pero,
como la comida "estaba incluida", se la trajeron a mi marido. Y él tan
feliz.
No
voy a entrar a contar en detalle la laaarga espera posterior, solo diré que,
tras seis horas con la oxitocina a full y no haber dilatado nada
respecto al comienzo, me dijeron que, si cuando volvieran a reconocerme no había cambios,
desmontaban la paraeta y al día siguiente vuelta a empezar. Creo que fue
uno de las situaciones de mayor autocontrol de mi vida. Mi cuerpo me
pedía gritar, llorar y patalear, pero sabía que eso solo empeoraría las
cosas. No entendía nada. Porqué, si me había mantenido tranquila, si
todo parecía ir bien, aquello no avanzaba. Es muy difícil plasmar por
escrito el bajonazo y la angustia del momento, pero me sentí muy
acompañada por los que tenía conmigo allí y los que estaban a miles de
kilómetros, y eso me animó a seguir, no sin sufrimiento. Dos horas más tarde había avanzado,
pero solo 1 cm, así que decidieron romper la bolsa y en 37 intensísimos
minutos, en los que hasta ofrecí soborno -sin éxito- a la matrona para
ver si me chutaba algo, teníamos a la chiquitina con nosotros.
Lo
que quiero guardar para siempre en mi recuerdo son las vivencias
positivas de esta nueva vida: Como ese instante en el que, en medio de
la vorágine de preparativos para recibirla, la matrona tuvo el detallazo
de coger una foto con mis hijos que yo había pegado en un armario y
ponerla a mi lado para que la tuviera a la vista...
Y, entonces, llegaste tú...
... y lo cambiaste todo. Y demostraste que el corazón de una madre se ensancha con cada hijo. Y ya no me importaba la soledad, porque en realidad no estaba sola: estaba contigo y eso me bastaba. Y corto ya la parte emotivo-caldosa, que me pongo ñoña y no acabo.
La
primera noche fue en habitación de cuatro, separadas por cortinas y
escaso espacio para una silla al lado de la cama. Le dejé claro a mi
marido que me explicara bien bien el planning médico, no fuera a ser que
se llevaran a mi baby de pronto y yo no supiera para qué (miedo a que
me la robaran no tenía que, como decía un amigo mío, era fácil saber
que la mía era la de los ojos redondos). Él me dijo que entre las 00 y
las 06 le harían la prueba del talón y que a las 4:30 de la mañana se la
llevarían a hacerle la revisión médica. De hecho, me aclaró que había
visto en la hoja de registro que vendrían a las 4:37, oséase, 12 horas
exactísimas desde que nació. Ríete tú de la puntualidad británica. La
cosa es que, con unos minutos de adelanto llegaron y me dicen: "Shawa"
haciendo un gesto como de pasarse la esponja. Con mi nivelazo de inglés y
de lengua de signos, hice la deducción rápidamente mientras pensaba: "no-es-posible". Pues sí que lo era, lo supe en cuanto llegó mi criatura
con olor a jabón y el pelo repeinao. ¿En serio hacía falta
despertarnos de madrugada para darle su primer baño? ¡Que no se iba a
volatilizar con los rayos del sol si esperábais al amanecer, eh! En fin,
que es así y es así, punto.
Al tercer
día y para mi sorpresa, vinieron con una especie de llavecita y le quitaron la pinza del
cordón umbilical. Hablando de estos restos de unión materno-filial, para
los que no vieron en el instagram,
os comento que, al poco de nacer, es costumbre en Japón regalar a la
madre una cajita que en su interior contiene un trocito del mismo. De primeras, me pareció una tradición un poco asquerosilla, pero ahora creo que es precioso (no hablo del cacho carne disecao, que no he querido volver a abrir 😥, sino del sentido).
Por
lo demás, creo que me porté como una campeona respecto a la comida, y eso que era una semana de ingreso. Aunque confieso que con estos amiguitos no pude... Me miraban todo el rato.
Y de
vez en cuando me tocaba mandarle un Whatsapp de consulta a mi media naranja, en
plan:
ESTO... ¿VA AQUÍ?
El personal del hospital fue de lo más respetuoso y amable y creo que nunca olvidaré cada vez que entraban en la habitación "cantando": Sanchosaaaan y se armaban de paciencia para intentar hacerse de entender. Ya lo dije una vez respecto a mi profesión, que a partir de esta experiencia sería mucho más sensible con el alumnado extranjero y ahora añado que también lo seré con sus familiares. Es muy frustrante no poder comunicarse y se agradece cuando alguien de verdad se esfuerza para que te sientas comprendido.
Tengo varias entradas en borradores y se me quedan mil cosas de esta aventuran el tintero, pero creo que, aunque no deje de mirar al 2019 con nostalgia y agradecimiento por lo vivido, necesito cerrar el año bajando la persiana de este blog y mirando con esperanza e ilusión a lo que nos depara el 2020.
Japón me ha enseñado:
- Que ámbar signfica "frena" y no "acelera". En otras palabras: paciencia.
- Que en España somos unos gritones y nos interrumpimos al hablar. O lo que es lo mismo: El valor de escuchar.
- Que sufrir hace crecer. Porque, por muy duro que fuera ver a mi hijo llorar en silencio mientras se abrochaba el cinturón en el despegue del primer viaje o quince meses después al oírle responder: "Ahora que por fin tenía amigos", al decirle que el próximo avión de vuelta es el definitivo, ha valido la pena todo lo que hemos aprendido y madurado.
- Que, aunque suene cursi, "Hogar" es donde está mi familia.
Sobre todo, para mí Japón ha sido el lugar en el que Dios me estaba esperando para salvar a mi familia y sellar en mi corazón que me ama con locura.
Mi pasado, Señor, lo confío a Tu Misericordia
Mi presente, a Tu Amor,
Mi futuro, a Tu Providencia
BENDITO SEA EL SEÑOR